El último día del principio de todos

Aquel día, Bacupey, se levantó en su humilde choza como todos los días antes del alba.

Su padre le había dicho que tenía que dirigirse a la población cercana a la costa, y allí tenía que buscar a los hombres del cacique Guacanagari, para que pudiesen intercambiar la cosecha por otras cosas que necesitaban.

Llegada de Cristóbal Colón al cacicazgo Marién. Pintura de Dióscoro Puebla.

Dió un beso a su hija más pequeña y emprendió el camino. Durante las cuatro horas de viaje por la selva, pensó en los últimos rumores que se comentaban. Al parecer, alguien había dicho que los dioses habían venido. Unos seres con gran poder y unos tubos de fuego que mataban a los hombres.

Suposo que no serían otra cosa que imaginaciones de algunos.

Así, consiguió llegar a medio día a la costa.  Suposo que ahora ya todo iría bien, puesto que al igual que casi todos los años, el trato con los hombres de Guacanagari, solía ser fructífero. Quizás debería ampliar su cosecha, pero su padre ya no podía trabajar y entre él y su mujer, hacían lo que podían. El año pasado le habían dado bastantes menos, así que en esta ocasión, no estaba dispuesto a lo mismo. Tenía que asegurar el sustento de su familia.

De repente vió algo extraño en la mar, una canóa gigante de la que venían otras más pequeñas. La primera de todas, ya había llegado a la playa. Había un grupo de gente que se había acercado allí y que miraban extrañados a aquellos seres de los que había oído hablar unos días antes.

Ellos llamaban a su isla  Quisqueya y aunque Bacupey aún no lo sabía, ese día era el 5 de diciembre de 1492.

 

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Las miradas

Nunca había visto una mirada tan triste. Las últimas cosechas habían sido muy malas, con lo que los  campesinos, que eran la mayoría de habitantes del reino,  estaban pasándolo mal.img_5562

En aquel momento, también se juntaba la guerra con el reino vecino. Muchas familias habían quedado sin sus padres e hijos, haciéndose cargo de las granjas las madres e hijas.

La mirada que le había llamado la atención era firme.  La chica le sostuvo la mirada, pero en ella, no había odio. Tampoco temor. Lo que destilaba era una profunda pena.

Era lógico, esa mujer, había perdido a su padre y hermano en esa estúpida guerra que enfrentaba a los dos reyes. Nadie recuerda ya el motivo por el que había empezado, pero si seguía la situación así, todo se iría al traste en muy poco tiempo.

Sus ojos estuvieron enlazados tan solo unos segundos, pero a pesar de tan poco tiempo, sintió temor. No físico, puesto que había una cierta distancia entre ambas, pero sí se dio cuenta de todo lo que estaba pasando. En ese momento, se dio cuenta de que las cosas tenían que cambiar. Y lo harían porque ella era quien podía convencer al Rey de lo que había que hacer. Y es que ella… ella era la Princesa…

Llegando

El ruido del motor lo había estado manteniendo alejado de sus pensamientos. Pero estos son traicioneros y en cualquier momento retornan a tu mente, dando vueltas como si fuese el tambor de una lavadora.

IMG_2426Un torrente de nombres, de caras, de mal humor mezclado. La traición, el momento en el que decidió dar el salto. Hace tanto ya. Y si no lo hubiese hecho. Y si en su momento, cuando pudo,  el camino a tomar hubiese sido otro. Su esposa, novia en aquel momento, se lo comentó, pero Claudia, que era como se llamaba la mujer a la que adoraba, era sumisa y aceptó su voluntad. El sendero había sido ya trazado y una vez que la decisión se toma, es muy complicado volver atrás.

Habían sido tantos años buenos. Sus hijos,  Jon, Arkaitz y Edurne,  habían sido tan felices. Viajes al extranjero, becas Erasmus, toda la formación que habían querido, los caprichos que se les ocurrieron, estuvieron a su alcance. Y ahora, el primer nieto, llegaba a su vida. Justo ahora. ¡Maldita sea!

 

El ronroneo del motor, lo volvió a sacar de la turba en  que las últimas semanas se había convertido su cabeza. Pero por poco tiempo.

– Hemos llegado- dijo el taxista. – Son 30 euros-.

Le pagó, se posó y cogió la maleta. Se dirigió a la puerta.

-Buenos días- , murmuró de mala gana el funcionario de prisiones que estaba en turno esa mañana en la garita de la entrada.

Dudas aplazadas

Penélope abrió los ojos. Lentamente. Los volvió a cerrar con parsimonia, pero al final volvió a vencer a la pereza.

img_6276La luz de la mañana de domingo entraba ya por la ventana. Qué bonito era el sol en los días de primavera del pueblo donde vivían.  Hacía tres meses que se habían mudado allí dejando la ciudad fría y oscura del húmedo norte. Ahora, acababan de abrir un pequeño restaurante en aquel paradisíaco lugar que siempre tenía la luz del Mediterráneo. No había más que deudas, pero el negocio había generado expectación en el lugar. Eran los nuevos allí y aunque no había mucho turismo en aquel recóndito lugar, los fines de semana conseguían llenar el local con las propuestas novedosas que Miguel, su pareja, tenía en la  cabeza y que trasladaba desde el fogón a los platos de los cada vez más numerosos clientes.

Hoy no iba a poder ser y mañana tampoco, porque los lunes cerraban. Pero del martes no pasaba. Mientras Miguel se acercase al mercado a comprar la comida para hacer el menú de ese día, ella correría a la farmacia. Estaba al lado. Compraría el test y por fin sabría si para ese invierno sería madre.

INICIA TU SUEÑO

Durante unos instantes se sintió bien. Había conseguido su objetivo.
Su nuevo hogar tenía agua caliente. Acababa de instalar un calentador de gas butano, con el que podría tener ese lujo. Imagínate, llegar sudado del trabajo, y poder refrescarte en una bañera con esa agradable sensación.
Sentía que había cumplido su sueño. Tenía una nueva novia con la que hacía unas semanas que iban a un pub que habían 20120904-204436.jpgabierto en el barrio. Era muy cariñosa, guapa, agradable y además trabajaba. Era enfermera.
El dueño del sitio donde trabajaba estaba muy contento con él y como el capataz se iba a jubilar en poco tiempo, estaba pensando en él para ascenderle. Sus compañeros le envidiaban porque apena había acabado de llegar y se había convertido en el ojito derecho de Paco. Así llamaban al viejo gruñón que se paseaba todos los días por el taller todos los días. Pero no, a Antonio no le había pasado lo que los demás. Él había tenido suerte.
También había hecho nuevos amigos. Cerca del piso que había alquilado, había un bar en el que un día entró y conoció a un grupo de muchachos de su misma edad con los que rápidamente confraternizó. Supongo que el Atlético de Madrid como afición común, hizo mucho para ayudar.

En definitiva, Antonio, estaba pasando por un buen momento en aquella España de los años sesenta, en la que todo estaba por hacer, y las ansias de prosperar y progresar eran tan grandes.

De repente, Antonio se sobresaltó.
¿Qué era ese horrible ruido?  El sonido del viejo despertador le sacó de su sueño. Al poco, María, la madre de Antonio entró en su habitación sobresaltada. Fue la manera de que terminase de volver a la realidad. Al instante se dio cuenta de la realidad, que llegó como un jarro de agua fría. Los nervios llegaron a su estómago y un halo de tristeza se apoderó de él. No podía evitarlo. Las mañanas no eran su fuerte y el pesimismo le embargaba.
– Venga Antonio, el tren no espera. – Gritó su madre.
El tren salía en dos horas de la estación de Cañaveral. Destino: la capital. Madrid.
No estaba muy seguro. La opción de quedarse en el pueblo cuidando las ovejas de la familia, era algo seguro, pero era la seguridad de la pobreza. El quería algo más.
Se levantó e inició su camino.

Otra vez

No encontraba el zapato. Estaba nerviosa, porque ya llegaba tarde y no tenía muy claro con qué se iba a encontrar. Quizás pudiese tratarse de algo distinto esta vez. Algo que no fuese lo mismo de siempre. Una historia mil veces repetida, como el capítulo inicial de una nueva vida, que nunca llegaba a comenzar.
20131109-175807.jpgHabía dejado a los niños en casa de su madre. Desde entonces, le había dado tiempo a ducharse, luego sesión de maquillaje y después de haberse pasado quince minutos eligiendo qué ponerse, al final se había decidido. No sabía muy bien por qué había tardado tanto en escoger la ropa, teniendo en cuenta que hacía ya tiempo que no se podía permitir el lujo de comprar nada decente.
Un sueldo de cajera de supermercado a tiempo parcial, no daba para mucho. La pensión de alimentos para los hijos que su exmarido tenía que mandarle, casi nunca llegaba, y su madre cobraba una ridiculez, así que había poco que derrochar.
Por fin había encontrado el zapato.
Si al menos la suerte cambiara en algún aspecto de su vida.
Hoy, al igual que los últimos meses, volvía a intentarlo. Cerró la sesión en la web de citas online,  y apagó el ordenador.
Quitó las luces de su piso y se fue, otra vez.

Cambio de idea

La niña se dirigió hasta el final del pasillo para hablar con el director. No sabía qué hacer para poder librarse de lo que le estaba sucediendo. No podía, bajo ningún concepto, permitir que la situación continuase de la misma forma por más tiempo.

En los últimos tiempos había notado cambios importantes, pero a partir de ahora, nada iba a ser igual. Su muñeco iría con ella a clase. O todos o nadie. Ambos deberían estar allí, recibiendo las inefables lecciones de lengua de  doña Margarita, su profesora.

1Qué antiguo soy. Los niños de ahora ya no llaman de don al profesor. Me estoy poniendo colorado porque en mis tiempos, sí era así.

Pues así, con esta idea en la cabeza, entró en el despacho. Se olvidó de picar. En casa no lo hacía, así que aquí no era prioritario tampoco. De todas formas, volvió a salir al momento. No comprendió qué ocurría allí.

Don Manuel, el director, estaba situado encima de doña Ángeles, la de gimnasia.

La niña supuso que se había puesto enferma y que la estaba reanimando. Confiaba que en el director, don Manuel, sabría lo que hacer. Vió a su amiga María al fondo. Se olvidó de su muñeco. Y de lo demás, mientras corría hacia ella, para invitarla a jugar al escondite. Qué buena idea.