Bruckner

Nació en la pequeña ciudad de Ansfelden, en el norte de Austria. Su padre, que era maestro de escuela y tocaba el órgano de la iglesia local, imbuyó a su hijo las dos vocaciones a las que dedicaría su actividad profesional: la enseñanza y la interpretación como organista.

Devoto católico, sus estudios musicales se extendieron hasta la edad de 40 años, bajo la dirección de Simon Sechter y Otto Kitzler. Éste último lo introdujo en el universo musical de Richard Wagner, que Bruckner estudió extensivamente desde 1863. Después de terminar sus estudios escribió su primera obra considerada de madurez: la Misa en re menor.

A partir de 1875 impartió armonía y contrapunto en la Universidad de Viena. Dentro del círculo de sus adeptos en la Universidad se encontraban Hans Rott, Hugo Wolf y Gustav Mahler, en ese entonces aún estudiantes.

La escena musical vienesa estaba polarizada por los partidarios del estilo musical de Richard Wagner y los que preferían la música de Johannes Brahms. Al dedicar a Wagner su Tercera Sinfonía, Bruckner se ubicó sin desearlo en uno de los dos bandos. El crítico musical Eduard Hanslick, líder de la corriente conservadora, escogió a Bruckner como blanco de su ira antiwagneriana al calificar esta sinfonía como “si la Novena de Beethoven y la Walkiria de Wagner se mezclaran, y la primera acabara pisoteada por los cascos de los caballos de la segunda”.

A pesar de todo, Bruckner tenía partidarios, entre los que se contaban famosos directores de orquesta como Arthur Nikisch y Franz Schalk, que intentaban constantemente acercar su música al público. Con este buen propósito propusieron al maestro gran cantidad de modificaciones a sus obras para hacer su música más aceptable al público. El carácter retraído de Bruckner hizo que consintiera en realizar algunos cambios, aunque se cercioró de conservar sus manuscritos originales, seguro de su validez. Éstos fueron posteriormente legados a la Biblioteca Nacional de Viena.

Otra prueba de la confianza de Bruckner en su capacidad artística es el hecho que él a menudo comenzaba el trabajo en una nueva sinfonía pocos días después de acabar la anterior. Además de sus sinfonías, Bruckner escribió misas, motetes, y otras obras corales sacras.

Aunque Bruckner era un organista renombrado en su tiempo, impresionando a audiencias en Francia e Inglaterra con sus improvisaciones, no compuso ninguna obra importante para este instrumento (aunque sí compuso varias obras menores y escribió algunas transcripciones al órgano de sus sinfonías). Sus sesiones de improvisación le proporcionaron a veces ideas que desarrollaría posteriormente en sus sinfonías.

El gran éxito del estreno de su Séptima Sinfonía en Leipzig en 1884 proporcionó finalmente a Bruckner el reconocimiento público que se le había negado hasta entonces. Según el propio Bruckner, encontró la inspiración para componer el tema principal del Adagio al saber que Wagner, su amado maestro, estaba agonizando, e incluyó por primera vez en su orquestación unas tubas wagnerianas para entonar el lamento fúnebre con el que concluye la pieza.

No obstante, Bruckner vuelve a tener un serio contratiempo al preparar el estreno de su Octava Sinfonía, cuando el director de la orquesta, Hermann Levi, le devuelve la partitura con numerosas correcciones y críticas. Apesadumbrado, el maestro emprende una revisión general de la obra, que es finalmente estrenada, en esta segunda versión, por Hans Richter en Viena en 1892, con un éxito notable. Posiblemente afectado por el rechazo de la primera versión, Bruckner lleva a cabo una revisión exhaustiva de otras sinfonías anteriores, al tiempo que avanza lentamente en la composición de su Novena Sinfonía, que quedará finalmente inacabada.

Al final de su vida, Bruckner recibió diversos reconocimientos oficiales, entre los que destacan la condecoración con la Orden de Francisco José en 1886 y su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Viena en 1891.

La vida del maestro se apaga en Viena el 11 de octubre de 1896. Sus restos reposan en la entrada de la iglesia de San Florián, justo debajo del gran órgano.

La Novena sinfonía es realmente la del «adiós», como lo prueban innegablemente los múltiples recuerdos que contiene de fragmentos o motivos de obras anteriores y que aquí se magnifican: Kirie y Miserere de la Misa en re menor o Benedictus de la Misa en fa; citas del tema fugado del Finale de la Quinta Sinfonía del tema principal de la Séptima, del adagio de la Octava… A todo lo cual puede añadirse la tonalidad (re menor, como la Novena de Beethoven), que es la del Réquiem de Mozart.

La obra termina casi en un susurro en Mi mayor, anunciando al Mahler de la tonalidad evolutiva (por ejemplo, en su Segunda sinfonía el camino va de Do menor a Mi bemol mayor o en la Novena de Re mayor a Re bemol mayor), y asimismo la querencia de Mahler por la tonalidad de Mi mayor como “la tonalidad del Paraíso”. Esto es especialmente evidente en su Cuarta sinfonía: el lied Wir geniessen die himmlische Leben, que constituye el movimiento final de la Sinfonía, comienza en Sol mayor (tónica) y termina suavemente en Mi mayor, expresando la idea mahleriana de la felicidad). Quizá podemos extender aún más la influencia y decir que el Adagio final de la Novena mahleriana es un tributo del discípulo que fue Mahler a la memoria de su antiguo profesor.

 

Con la colaboración de http://www.wikipedia.org

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